Procesión del Lunes Santo

No pudieron pensar los fundadores de la cofradía que, cada Lunes Santo, al pasar el Nazareno, por las calles de su itinerario procesional se produciría esta explosión popular.

Para unos manifestación de fe, para otros un acontecimiento humano cargado de contrastes.

Los marginados reciben al Señor, que pasa por sus calles, ante sus casas.

Para quien no haya presenciado el paso del Nazareno por Las Cortes, el eje central del "Barrio Chino" de Bilbao, es difícilmente comprensible.

La procesión pasa por ella muy poco antes de la media noche.

La carroza es un ascua de luz, que por fin ha conseguido llegar, pese a las pausas, parones e interrupciones, que se ve obligada a realizar.

Los bares, lugares de alterne y demás actividades humanas, ante este momento han cerrado o entornado sus puertas.

Colchas, sabanas, colgaduras de todo tipo, adornan los balcones.

Las aceras están llenas, los coches aparcados en los lados contribuyen al tapón y además, frente a los coches se han colocado los últimos en llegar que todavía angostan más el paso.

El Cristo se acerca al nudo activo y comercial, la zona de más alterne.

Suena una saeta, las oraciones del paso y los que lo rodean se callan.

De pronto, rompiendo la primera fila de los espectadores, devotos o curiosos, una mujer se planta frente a la Imagen y lanza con cariño un pequeño ramo de flores, después se arrodilla, baja la cabeza y cuando la levanta, está llorando.

Un enjambre de fotógrafos, como buitres ávidos de primer plano vendible, se lanzan sobre ella. Hace falta coraje para aguantar la prueba.

Calla la saeta y la maza golpeando las andas ordena seguir. Con dificultad, pero se sigue.

Las otras Cofradías se alejan lentamente, nadie les impide el paso, pero al Nazareno se lo niegan, con cariño, con amor, con curiosidad, siempre con respeto, pero no le dejan pasar. Quisieran que se quedase con ellos.

Un borracho le dice piropos fuertes, a lo andaluz, lenguaje duro con pensamientos blandos y hasta amorosos. Hay que apartarlo con respeto.

De una ventana alta, llueven pétalos de rosa que no coinciden con el paso, pero aroman a la multitud. Es lo mismo, la intención es clara.

Unos metros más, muy pocos. Una mujer alta, blanca, o negra, o un travestí guapo, coloca ramos de flores sobre los muchos que le han dejado en las andas, a la figura doliente del Hombre maniatado.

Señor cuanta gente. Cuanta miseria humana y física se ve en derredor.

Cruzamos un barrio desgarrador y degradado, con población marginal en todos los sentidos.

Procesión

Tiene el Nazareno de la Quinta Parroquia
las espinas tremendamente ahondadas.
Mezcla la sangre con lágrimas
y mira "como sólo Dios sabe mirar"

La procesión del Lunes Santo en la capital vizcaína siempre viene marcada por el paso del Nazareno. Lejos de recorrer las zonas relajadas de cada ciudad, Jesús visita siempre, cada Lunes de la Santa Semana, el barrio más conflictivo de Bilbao. Su calle principal tiene como nombre "Cortes Españolas", las Cortes, pero todos conocen esa parte del "botxo" como "La Palanca".

En otras épocas era un barrio chino de tronío. Torero, valiente, con putas y macarras, como mandaban los cánones. Llegó otra época, con la droga como desgraciada protagonista y La Palanca se fue hundiendo. Llegaron camellos, hombres y mujeres que ya no practicaban el sexo sólo y exclusivamente por necesidad, para vivir. Era, es, para droga. Y allí quedan jeringuillas, decenas de muertos y "traficas permanentes" que han destrozado una -por lo menos- clásica zona de la Villa de Don Diego.

El Nazareno, sin embargo, acude -puntualmente- a su cita anual. El Lunes Santo se convierte en el gran protagonista del barrio chino de Bilbao. Cierran bares y establecimientos. Se levantan persianas de cuartos oscuros, que tantos suspiros han acogido de por vida. Travestis, fulanas, cientos de personas que -algunas de ellas- únicamente visitan Las Cortes en Semana Santa, se agolpan en calles tan estrechas, aquellas en las que únicamente la fe hace más anchas, para que "todo el mundo entre".

En los diminutos balcones, saetas. Travestis con voz ronca. Putas de siempre con mayor, todavía, potencia de voz. Silencio sepulcral. Pasa El Nazareno. Es el único momento del año en el que -en La Palanca- todos suspiran por un milagro que cambie un rumbo, el rumbo de una vida que nadie recuerda cómo empezó y nos "llevó hacia este lado de la frustración". Se va El Nazareno.

Abren los bares. Vuelven los chisteos y se afilan las jeringuillas que tantas vidas y venas destrozan. El milagro no existe, pero milagroso será que "podamos volver a llorarle el próximo año". Las lágrimas, al menos, "son testigos presenciales de vida". No puedo cantar ni quiero... Un Lunes Santo, en Las Cortes, de Bilbao.

Julián BILBAO (Bilbao)

 

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